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Al otro lado del charco / Oración a mi tierra

Nací y crecí en un país pequeñito. De tierras fértiles y negras, donde los árboles frutales echan raíz. Agradecidos van juntando sus ramas, van soltando su gran abrazo, cubriendo de sombras carreteras, pueblitos y veredas.

Crecí viendo la cordillera, al horizonte un mar de cielitos opacos por la distancia. Tierra donde los niños corren calzados y descalzos sobre calles de piedra, calles que en verano se calientan y en invierno se mezclan con lodo trazando al azar riachuelos. Vengo del reino del café, que sólo conoce de dos estaciones: la de la lluvia intensa e imprevista, y la del sol ardiente. De ese sol que golpea la piel a cualquier hora del día. Conozco bien el olor a la tierra mojada, a café tostado, el olor tropical de la esperanza. Rincón del mundo, donde por las noches de invierno se duerme con la tonada de la lluvia cayendo sobre tejados destartalados, y en verano se escucha claro el coro de los grillos noctilucos, para despertar por la mañana entre cantos silvestres de pájaros.

La ciudad que me llevé en la piel

El Atlas abraza con sus puntiagudas rocas al río Draa, como si deseara acariciarlo y lo hiriera sin querer. El femenino río se viste con verdes telas de palmeras infinitas. Palmeras preñadas de dátiles, que proyectan una sombra plumosa sobre la blanda tierra marrón.

Tamnougalt se esconde entre ellas. Tímida y altiva al mismo tiempo. Tamnougalt y sus altos muros de barro que construyen arquitecturas perfectas, arquitecturas milenarias, de gruesos muros y pequeños ventanucos. Dentro un mundo secreto, más secreto aún que la sombra de las palmeras.

Ciudad sin lluvia, que sólo bebe de la gran dama río. El sol me tuesta la piel, la luz aclara mis ojos. Mis rizos negros se entrelazan con trigo, con miel.

El día se acaba, la Kasbah de barro me encierra, la noche me ensombrece… sólo puedo dormir. El silencio es total, sólo los grillos se escuchan, sólo infinitos astros distraen mi vista adormecida y excitada al mismo tiempo por esa soledad, por esa mágica soledad.

Sonidos diferentes, algo me despierta. Salió el sol, pero el calor no me arrebató las sábanas. El día no parece el mismo, ni la luz, ni los olores. El Draa ruge furioso, el cielo cruje. Es la lluvia. Está aquí.

Soy barro, deshecho por el Draa

Descendemos la carretera atraviesa el Atlas, desde Marrakech. El sol dibuja un paisaje totalmente inesperado. La roca pura, partida en piezas geométricas fruto de los cambios de temperatura, adquiere texturas y colores jóvenes, viejos, casi violentos, todo a la vez.

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Fotografía: Ana Asensio Rodríguez

Arquitectura Popular: Hábitat Excavado… ¿Obsoleto?

Arquitectura Excavada… ¿Obsoleta? © Ana Asensio

La arquitectura excavada es quizás el paradigma de la adaptación del ser humano a un territorio, y de la optimización de los recursos propios de un lugar. Como tantas otras tipologías “naturales”, ha sido denominada “infravivienda” durante demasiados años.

Esto nos ha llevado a una situación actual que las mantiene al margen de las normativas. Aunque hoy nos centraremos en la problemática de las cuevas de Andalucía (España), es necesario recalcar que este tipo de hábitat significa el alojamiento permanente de millones de personas de todo el mundo desde tiempos inmemoriales: Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Libia, el Sahel Subsahariano, Afganistán, Palestina, Siria, China, Tíbet, México, California, Turquía, Balcanes, Sicilia, Francia, Cerdeña y España…

Como vemos, las cuevas excavadas suelen localizarse en zonas áridas, y son fruto de unas muy concretas condiciones, tanto de clima y naturaleza del terreno, como sociales y económicas.

En España encontramos cuevas repartidas por casi la totalidad del territorio, pero es en Andalucía donde adquieren una importancia especial, ya que hoy en día mantiene su uso como vivienda configurando el hábitat primordial de numerosas poblaciones.