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Documental: "Habita, relatos de memoria e independencia" / Crowdfunding

Habita: Relatos de memoria e independencia, es un proyecto documental sobre el papel de la conciencia del territorio y la memoria cultural en la construcción de los espacios para la vida, que nace para adentrarse y reflejar la influencia de éstos en el día a día de sus pobladores.

Pensado como una metodología documental y de transmisión, pretende generar una serie con proyección de continuidad en diferentes zonas geográficas, replicable, comenzando con la primera creación documental este otoño que se centrará en el área sur del Perú, especialmente en las comunidades rurales indígenas entre Cusco y el lago Titicaca.

Expresiones materiales como la arquitectura y el artesanado e inmateriales como los cuentos o la música, son fuente y contención de conocimiento colectivo, un lenguaje que escribe la experiencia y el imaginario. Habita busca retomar y evidenciar así las singularidades de los asentamientos humanos que, en su independencia popular, son bastión de vínculos humanos y medioambientales, para activar así una conciencia sobre el contexto local y global, actual y atemporal.

De este modo, la manera de expresar la arquitectura pasa a otro nivel, el relato se hace voz y crea mapa, sitúa las voces de aquellos habitantes de arquitecturas no contadas y las conecta. Habita es un proyecto 100% cooperativo, de manos de un equipo mixto especializado en territorio, arquitectura popular, memoria y habitabilidad; para todos aquellos que desean formar parte de él  y adentrarse por sus vericuetos, ya está disponible la campaña de crowdfunding, gracias a la plataforma para proyectos creativos Verkami.

Ellas siempre estarán ahí

París. © Pablo Abad

Madame Paris se peinaba a lo garçon. Te echará el humo a la cara y querrás el beso que no va a dar. Sabe más que tú, o eso cree. Ni sí, ni no, ni todo lo contrario. Ha vivido ninguna y mil vidas y presume de ambas cosas. Te perderá en su buhardilla, entre pósters de Moulin Rouge y Chat Noir. Descoloridos, qué irónico. Presumirá de su arte mediocre y vacuo, aguantarás su falsa bohemia recalcitrante de niña burguesa que reniega de pasado y barrio bien, pero no te besará. Estás avisado. Confórmate cuando te saque una foto que más tarde teñirá con rojo pintalabios. Y serás la nueva follie en la colección de su repisa. Con vistas a La Villete, claro.

Mizu

La madera optaba por estremecerse con cada pisada de mis zapatillas, ya gastadas de trenes, barcos y muchas idas y vueltas por aquella tierra. Mientras tanto, mis ojos llenos del rojo y el verde de aquel lugar, se bebían la imagen paralela de aquel universo que reflejaba la superficie turbia del agua. Sobre aquella orilla del fin del mundo, los listones flotaban sobre el agua, cubiertos por dos aleros que iban a apoyar a ese otro mundo de reflejos.

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Las piedras de Ryoan-Ji

Gasto mi tiempo en recordar  su vulgaridad, su insultante simplicidad, y la forma de organizar el mundo desde su estática y su firme convicción de revolución verde y callada. Ese desprecio altivo y pétreo de quien controla la inmensidad y sobre todo del que sabe que está en su lugar en el mundo. También me acuerdo de cómo aquel día llegué allí, con Gian, desde Ninna-Ji y de cómo no escribí nada más hasta el día siguiente, porque sencillamente, no podía verbalizar lo que encontré.

Sé que aquel día me preocupé, no sólo porque amenazaba lluvia, como todos los días de aquel viaje. Sé que los yenes tintineaban al caer de mi mano al plato, como lo hacían todas las monedas del mundo desde las manos de millones de personas, una música sin dimensión, con su propia medida y su propia cadencia. Ése también era el sonido metálico que hacían los dragones, como aquella reverberación que oí al compás de unas maderas en Kamakura, pero en Ryoan-ji, como en muchos sitios de Kyoto, la lúbrica idiosincrasia del dinero no tenía cabida más allá del ticket de entrada.

El cobijo. El mercado, la calle, el descampado.

Viajo. Sola. Muy lejos de casa. Sin nada más que unos cuantos trapos. No salgas del centro, me dicen.  No te metas en barrios, me advierten. No vayas por calles alejadas, tú no eres de aquí.

Es necesario visitar los mercados turísticos. Pasear por sus puestos repletos de cosas maravillosas, brillantes, perfectas. Moverte por ellas preguntando precios, conteniéndote, ajustando el bolsillo. Andar por sus abarrotadas callejuelas admirando a esos turistas rubios que hablan todos los idiomas, que pueden comprarlo todo, que nunca están sucios ni despeinados.

Es necesario, porque llega un día en que, sin prisa, rumbo ni destino (ni compañía), sales a caminar con cualquier autoexcusa, y acabas muy lejos de ahí. Ese día resulta ser un sábado como hoy, día de feria (mercadilllo en nuestro vocabulario). De repente, doblas una esquina y las calles empiezan a estar más y más abarrotadas, las aceras se ocupan y los olores se mezclan.

La ciudad sin nombre

La ciudad sin nombre es aquella que surge en los márgenes de la globalidad, en los suburbios de las grandes capitales expoliadas, en las naciones productivas, en los pueblos que exportan a precio irrisorio y que, por el contrario, importan demasiado poco.

La ciudad sin nombre se compone de casas a medio construir que se extienden hasta donde alcanza la vista; llanuras y lomas atiborradas de edificaciones improvisadas, a menudo de bloques de hormigón, ladrillos o adobe, que echan en falta algún tipo de decoro en su fachada que revista sus carencias. Son viviendas desnudas, tan transparentes como los rostros de quienes las habitan, tan austeras como la propia comida que allá dentro se cocina.

101 Reikiavik, Patrimonio de la Humanidad

“Al llegar a Islandia, nos encontramos con una visión que, si bien no era agradable, resultaba extraña y sorprendente. Y nuestros ojos, acostumbrados a contemplar las agradables costas de Inglaterra, ahora sólo veían los vestigios de la acción del fuego, cuya antigüedad sólo Dios conoce”. (Van Troil, recopilado por W. H. Auden en “Cartas de Islandia”)

A propósito de Islandia: 101 Reikiavik

En un tiempo en que el debate urbanístico y arquitectónico se centra fuertemente en las grandes ciudades, tal vez parezca extravagante fijar la atención en un ejemplo tan modesto y de escala tan pequeña como Reikiavik.

Adiós Cusco

Compartimos el texto «Adios Cusco», colaboración de AAAA magazine para la revista de reflexiones de viaje Derivasia. Puedes acceder a la publicación original aquí, o continuar leyendo:

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Adiós Cusco. Y esta vez no es un ‘hasta luego’. Marcho en un autobús, mirando por la ventana los campos arados con ese marrón cremoso de los paisajes de labranza del Perú, brillantes por las briznas que se escaparon de sus pacas.