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Amor y Arquitectura: Promenade

Caminaba, como solía hacerlo de un tiempo a esta parte, con la vista clavada en la punta de sus botas de piel negras y con paso ligero, alzando la mirada únicamente para responder de un modo casi automático a cualquier estímulo imprevisto o confirmar que todo permanecía tal y como lo recordaba la última vez. Sólo de este modo podía reparar de un modo preciso en que el tipo que vendía cartuchos de almendras continuaba en la misma esquina en la que está desde hace más de treinta años, o que la luz de esas horas de la tarde parecía conferirle al paramento de mampuesto de la iglesia de San Pablo una apariencia absolutamente atemporal, como si una de esas fotografías sepia que su abuelo atesoraba en aquella vieja lata se hubiese cristalizado en el tiempo y el espacio, observando en silencio el devenir de una ciudad que apenas era capaz ya de reconocerse.

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Where is your playground?

Recuerdo con cariño el parque que estaba al lado de mi colegio, en la pequeña ciudad en la que crecí. En este parque había una zona con columpios de madera; el más concurrido era una gran tabla hincada la arena a 45º, con agujeros de diferentes formas y tamaños. Varias lamas de madera nos ayudaban para poder escalar la tabla.

Cada niño lo utilizaba a su antojo, pero jugábamos todos juntos: a ver quién llegaba a la esquina de la tabla que volaba sobre el suelo, a colgarnos boca-abajo desde los agujeros, al clásico pilla-pilla pero sobre la tabla (el que salía de la tabla perdía) … Sólo se dejaba de jugar para beber un poco de agua. Éste era el parque de los que vivíamos cerca del cole. Íbamos todas las tardes de la semana.

Esto no es un artículo de arquitectura.

Esto no es un artículo de arquitectura. Ni siquiera es un artículo. No es una crítica, ni un ensayo, ni ningún texto divulgativo. No es más que una carta de amor, tristemente, sin destinatario.

Es una carta de amor a quien me enseñó a mirar el mundo desde la ventanilla de una furgoneta, recorriendo países hasta donde el bolsillo llegara. Una carta a quien escribía poesías y canciones en papeles de cuadros, con una caligrafía que ahora se parece a la mía. Esto no son más que palabras, para esa persona que se perdía mirando la sensualidad de un aljibe encalado en Almería, o de la blanca arquitectura de César Manrique.