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Ahogar, dulce ahogar

Era el tiempo tan grande que me dolía incluso en sueños aguantar mi peso.

Dicen que hay dos memorias en cada una de nosotras, una es la que se queda en lo que queda y otra, la que habita en el olfato. Siempre supe que mi piel, mampostería de recuerdos, añoraba ser defensa y sustento; pero me costó entender que en lo humano también hay restos que aplastan a los hombres sin saberlo.

Incluso antes de estar completa, cuando me estaban levantando con esfuerzo y paciencia, sentía la alegría de vivir llena. Mi corazón ordenaba su caos, su experimento me hacía latir con más fuerza. Era algo etéreo, un huracán almacenado entre tierra y teja que nos sacudía sin movernos y nos devolvía siempre a nuestro centro. Felicidad contenida en siglos o segundos eternos.

Simbiosis aplastante que se deslizaba con sigilo, sin negociar costuras ni dobleces. Hasta que llegó el momento de elegir, barrer debajo de la alfombra o acumular en las esquinas. Y al final, ¿el final?

Piedra y luz

Todos somos ramas del mismo árbol. Todos tenemos oxígeno y carbono, sosiego y movimiento, luz y oscuridad. La diferencia está en lo que mostramos.

Nosotros nos quedamos con la luz. La del final del túnel, la del fondo del pasillo, la que se filtra por las grietas o la de un bosque al acabarse el día.

Sagrada Familia, Barcelona. © Simita Fernández

Sagrada Familia, Barcelona. © Simita Fernández

Mar cirujano

El mar, horizontal de historias poderosas, ya hacía costa cuando salpicó el bautizo de la ortiga con sus olas. Tal fue la marea ese verano que ondear una toalla al viento no fue suficiente para marcar las reglas del juego, y Agustín, cabo y pescador fino, construyó piedra a piedra la luz del aviso y el sonido de vuelta a tierra.

Marineros, piratas y ballenas han seguido el baile de su campana como si no les fuera la vida en ello, mientras las piedras absorbían su energía para devolvérnosla ahora y demostrarnos que esa vida tuvo un final de muerte por eléctrico.

Jaulas

Antigua prisión provincial, A Coruña. © Simita Fernández

Antigua prisión provincial, A Coruña. © Simita Fernández

Estábamos tan concentrados que cuando nos dimos cuenta caminábamos en fila, uno detrás de otro, como si necesitásemos que alguien nos marcase la ruta. Tener a quien seguir. Maniática manía agotadora de almas y zapatos que empezamos a odiar cuando se acabó la senda.

El espacio era finito.

Nuestra vida, rutina disfrazada.

¿Qué se supone que deberíamos haber hecho?

¿Dejarnos morir como un sofá sin patio?

Cicatrices

La primera vez que te vi estaba todo oscuro, olía a niebla y escama y tú tosías veneno. Era todo confuso, ¿cómo un corazón cansado de cirugías y miedos podía hipnotizarme tanto solo mostrando un trocito de lo que había congelado en el tiempo? Fue verte y amarte.

¿Quién eras? ¿Quién entendía tu tristeza? ¿Quién se había llevado tus puertas? Llorabas colores. Se peleaban tus paredes.