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Arquitecturas en papel / Una habitación sin alma

«La estancia en sí era lo que los decoradores probablemente calificarían de severa. Las paredes y los altos techos eran blancos, y la habitación en sí estaba escasamente amueblada con unos cuantos muebles antiguos. El único elemento voluptuoso que había en aquella gran estancia eran los cortinones de terciopelo color champán que estaban abiertos y sujetos con cintas blancas. Las dos o tres sillas antiguas habían sido elegidas, al parecer, por su extraño diseño y no por su capacidad para sostener a alguien, pues eran delicadas sugerencias, insinuaciones de muebles con cojines apenas capaces de acomodar a un niño. Parecía que en aquella habitación los seres humanos no debían descansar ni sentarse a relajarse siquiera, sino más bien hacer poses, transformándose así todos en un mobiliario humano que complementase lo mejor posible la decoración.

Ignatius, tras examinar la decoración, le dijo a Dorian:

—Lo único que funciona aquí es el fonógrafo, y es evidente que lo están utilizando muy mal. Ésta es una habitación sin alma.»

Una habitación propia

En 1920 Arnold Bennett escribió un ensayo titulado Nuestras mujeres: tratado sobre la discordia sexual, en el que defiende, como muchos otros eruditos de la época, la inferioridad intelectual femenina con los siguientes argumentos:

“En la literatura universal encontramos cincuenta poetas, al menos superiores a cualquier poetisa. Con la posible exención de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres. Ninguna mujer ha creado pinturas ni esculturas que superen la mediocridad, ni música que la supere. Tampoco ha habido ninguna mujer que se acercara ni remotamente a las cumbres de la crítica, ¿Me puede decir alguien el nombre de una filosofa famosa? ¿O el de una mujer que haya producido alguna generalización trascendental de la forma que sea? Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de las mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina. No hay duda que algunas mujeres son geniales, pero la suya es una genialidad inferior a la de Shakespeare, Newton, Miguel Ángel, Beethoven, Tolstoi. Además, la capacidad intelectual mediana de las mujeres parece muy inferior”

Nueve años después, esta tesis fue contestada con gran agudeza e inteligencia por Virginia Woolf en su obra Una habitación propia. En ella  explica que si existían tan pocas intelectuales a lo largo de la historia se debía a la alienación de la mujer en la sociedad y no a una inferioridad intelectual.

Entre las causas fundamentales que exponía, se encontraba una necesidad arquitectónica que hoy en día nos parece muy básica: una habitación propia.

Arquitecturas en papel / Sus rincones no parecı́an ángulos agudos, sino obtusos.

«Nunca había pensado en lo que era la muerte, ni tenı́a ésta para él imagen alguna. Mas ahora la sentı́a claramente, había percibido su entrada en la celda, en donde le buscaba para arrebatarle. Y huyendo de ella, comenzó a correr por la celda. Pero era tan pequeña que sus rincones no parecían ángulos agudos, sino obtusos, que le empujaban hacia el centro.

Arquitecturas en papel / ¿Formas parte del mobiliario?

«En la habitación del fondo del pasillo (primer piso) había una cama, un armario, dos sillas, una estufa, un pequeño escritorio, una alfombra (azul), dos cuadros idénticos, un lavabo con espejo, un arcón y un niño: sentado en el alféizar de la ventana abierta, de espaldas a la habitación y con las piernas colgando en el vacío.

Bartleboom se hizo notar con un moderado golpe de tos, sin más, por hacer un ruido cualquiera. Nada.

Entró en la habitación, dejó las maletas, se acercó a mirar los cuadros (iguales, increíble), se sentó en la cama, se quitó los zapatos con evidente alivio, se levantó, fue a mirarse al espejo, constató que seguía siendo él (nunca se sabe), dio una ojeada al armario, colgó la capa y después se acercó a la ventana.

Arquitecturas en papel / Solo en su pequeña habitación…

soledad y memoria ©Ana Asensio

©Ana Asensio

«Nochebuena de 1979, está en Nueva York, solo en su pequeña habitación del número 6 de la calle Varick. Por todas partes hay rastros de la antigua vida de la casa: redes de misteriosas cañerías, tiznados techos de metal, siseantes radiadores de vapor. Cada vez que sus ojos se posan sobre la puerta de vidrio, lee las letras torpemente grabadas al otro lado: <R. M. Pooley, Concesionario Electricista>. No es un lugar pensado para que viva gente, sino para albergar máquinas, escupideras y sudor.

No podía definirlo como un hogar, pero era todo lo que había tenido en los últimos seis meses. Unos cuantos libros, un colchón en el suelo, una mesa, tres sillas, un hornillo y un fregadero corroído con agua fría. El lavabo está al otro lado del pasillo, pero lo usa sólo para cagar, pues mea en el fregadero. Durante los últimos tres días el ascensor ha estado fuera de servicio, y como vive en el último piso, no le dan ganas de salir. No es que le asuste subir los diez pisos por la escalera, sino que encuentra descorazonador cansarse de ese modo sólo para volver a aquella desolación.