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Arquitecturas en papel / Pregunto por la Biblioteca

«En las afueras de Takamatsu había una biblioteca privada fundada sobre el patrimonio bibliográfico de una antigua y adinerada familia. Reunía raras colecciones de libros y, además, el edificio y el jardín eran algo digno de ser visitados. Había visto fotografías de la biblioteca en la revista Taiyó.

Una enorme y antigua mansión japonesa con una sala de lectura que recordaba a una elegante sala de visitas, y la gente leyendo sentada en confortables sillones. Esta fotografía me impresionó de una manera extraña. Y decidí que la visitaría en cuanto tuviera ocasión. Biblioteca Conmemorativa Kómura. Ése era su nombre.

Me dirijo a la oficina de turismo de la estación y pregunto por la Biblioteca Conmemorativa Kómura. La amable mujer de mediana edad sentada tras el mostrador me alarga un mapa turístico, me señala con una cruz el emplazamiento de la biblioteca y me explica en qué tren tengo que ir. Hasta allí se tarda unos veinte minutos. Le doy las gracias y miro los horarios de la estación. Hay un tren cada veinte minutos. Aún dispongo de un poco de tiempo hasta que llegue el próximo, así que en el quiosco de la estación compro un bentó sencillo para almorzar.

Es un tren pequeño de sólo dos vagones. Circula por unas calles muy transitadas, bordeadas de altos edificios, atraviesa un distrito donde se alternan los pequeños comercios y las viviendas, pasa por delante de fábricas y almacenes. Hay parques, edificios en construcción. Con la cara pegada a la ventana, devoro con los ojos aquel paisaje de una tierra desconocida. Todas las imágenes se reflejan llenas de frescor en mis pupilas. Hasta ese momento apenas conocía otras vistas aparte de las de Tokio.

En este tren, que se aleja de la ciudad, no hay un alma a estas horas de la mañana, pero el andén de enfrente está atestado de estudiantes de secundaria y de bachillerato con sus uniformes de verano y las carteras colgando del hombro. Se dirigen a la escuela. Yo no. Yo estoy completamente solo, yo soy el único que va en dirección contraria. Estoy montado en el tren que circula por el otro carril. Algo me sobreviene y me atenaza el corazón. De improviso, siento que me falta el aire. ¿De verdad estoy haciendo lo correcto? Al pensarlo, siento una inseguridad terrible. Decido apartar la vista de ellos. […] Tras discurrir momentáneamente a lo largo de la costa, la vía enfila hacia el interior. Hay altos y espesos campos de maíz, hay parras, hay campos de mandarinas aprovechando los declives del terreno. Aquí y allá se ven estanques de riego donde se refleja la luz de la mañana. El agua del río que serpentea rebosa frescura, los descampados están cubiertos de la verde hierba del verano. Hay un perro de pie al borde de la vía que está contemplando el paso del tren. Ante este paisaje, la calidez y el sosiego vuelven a mi corazón. «¡Tranquilo!», me digo a mí mismo tras respirar hondo. El único camino posible es hacia delante.

Salgo de la estación, me dirijo hacia el norte por una vieja avenida. A ambos lados del camino se suceden las cercas de las casas. Es la primera vez en mi vida que veo tantas cercas y de tipos tan distintos. Vallas negras, tapias blancas, muros de piedra con seto en la parte superior. Los alrededores están sumidos en el silencio, no se ve un alma. Apenas me cruzo con algún coche. Respiro hondo. El aire huele ligeramente a mar. La playa debe de estar cerca. Aguzo el oído, pero no oigo el rumor de las olas. A lo lejos debe de haber alguna obra porque suena amortiguada una sierra eléctrica como si fuera el zumbido de una abeja. A lo largo del camino, desde la estación a la biblioteca, se encuentran pequeños postes que indican la dirección con flechas, así que es imposible perderse.

Delante del majestuoso portal de la Biblioteca Kómura hay plantados dos ciruelos de líneas simples y elegantes. Al traspasar el portal me encuentro con un camino de grava serpenteante. Las plantas del jardín están bien cuidadas, no hay una sola hoja caída. Pinos y magnolias, rosas amarillas. Azaleas. Y entre los arbustos, grandes y antiguas lámparas votivas de piedra, y un pequeño estanque. Finalmente llego, al vestíbulo. Decorado con mucho refinamiento. Me quedo de pie ante la puerta abierta, por un instante dudo si cruzarla o no. Es una biblioteca distinta a cualquiera de las bibliotecas que he conocido».

Fragmento de ‘Kafka en la orilla’, de Haruki Murakami (2002)

Editorial